La tormenta que vemos pasar

Llegué por la tarde, después de conducir por carreteras perdidas secundarias durante bastante tiempo, lo hice acompañado de mi buena amiga Pili, una gran experta en esto de las técnicas de meditación orientales. Ella fue la que me dijo de la existencia de este retiro de yoga silencioso, además también de mí amiga y vecina Sonia, otra chica que está muy metida en este mundo emocional y que fue la que más me animo a que viniese a este retiro, para que pudiese seguir con mi trasformación interior que había comenzado unos meses atrás.

Llegada

Llegamos el viernes tarde a la cabaña del silencio, que es como le llaman al lugar donde se realizaría la actividad y que se encuentra entre los montes de Irixoa y a apenas 13 km de la localidad de Miño. Nada más llegar fuimos recibidos con un gran abrazo por Fernando, que era el maestro al que todos seguiríamos durante este fin de semana. Su barba larga canosa, su pelo recogido en un amplio moño y su figura escuálida y larga, le daban la imagen típica de maestro yoga de la india, lugar que visita mucho, por lo que nos dijo en un momento del retiro. También estaban con él Lorena, una chica delgada, con pelo largo y que dibujaba una preciosa sonrisa cada vez que cerraba los ojos y juntaba sus manos a la altura de pecho en forma de rezo cuando meditaba y que era la encargada de la comida, toda sin derivado animal y compuesta de verduras, legumbres y alimentos naturales y por último Alberto, un chico alto con barba densa que acababa en una prominente perilla y que era el encargado de la logística. Lo primero que parece de aquellos tres tipos, es que tenían una vibración distinta a todo lo que había conocido antes, su poder de tranquilidad era inmenso y eso era lo que yo buscaba.

Al poco, comenzaron a venir el resto de gente que estaría en el retiro, el primero fue el dueño de la finca y su joven hijo de quince años, que ya llamó la atención por su corta edad. En total éramos veintitres y el grupo era muy variado, desde jóvenes a personas y adultas de ambos sexos. Nada más estar todos, nos mostraron nuestras habitaciones compartidas y luego Fernando, el maestro, nos llevó junto con Alberto y Lorena a la sala de meditación, que sería el lugar donde más tiempo pasaríamos aquel fin de semana. Con el sol arreciando fuerte, nos metimos en aquel habitáculo, que estaba forrado de tablas de madera por fuera y que precedían a unos grandes ventanales, dentro, el espacio era muy rectangular y estaba salpicado en el medio por unas mantas y unos cojines, en total veintitres, uno para cada uno. Todos nos fuimos colocando donde nos pareció y Fernando nos dijo que cada sitio que cogiéramos sería el nuestro todo el fin de semana, era una alegoría que venía a decir  cada uno cogería su sitio en aquella habitación, de la misma manera que lo hacemos en la vida, en una relación…

El sonido

Los tres comenzaron a hablarnos de las reglas que eran muy básicas, sencillas pero algo difíciles, silencio absoluto en el retiro y nada de miradas a los otros asistentes, se trataba de estar en meditación y en búsqueda de uno mismo, algo muy difícil de soportar pensé, porque me parecía muy difícil de conseguir por mi personalidad tremendamente extrovertida, pero lo tendría que intentar.  Nada más ellos terminar, comenzamos a recitar mantras que teníamos escritos en unas fotocopias que nos habían repartido al momento de llegar. También recitaríamos varias veces al día el Aarti, una canción sagrada del hinduismo de tendencia tántrica y que significa iluminación. Cuando ese momento llegó, Fernando sacó de debajo de una fina manta gris un raro instrumento hindú, una especie de sitar que se toca con un arco de cuerda parecido al de un violín, lo llamó Dilruba. Tomó unos segundos para afinarlo y al poco, comenzó a tocarlo con sus dedos con una dulzura inmensa. Todos cerraron sus ojos al instante, pero a mí me fue imposible, quería ver los dedos de mi maestro deslizarse por aquellas cuerdas y ver como el arco acariciaba la parte inferior de las mismas y salía el sonido, no quise perder detalle y así mi mente comenzó a asimilar aquellos movimientos en los sonidos que salía y se metían en mis oídos. No había visto tocar un instrumento como aquel delante mía jamás, por esa razón, no cerré mis ojos, ni tan siquiera para pestañear. Quedé prendado de aquel sonido, de sus dedos al escoger la cuerda correcta y el arco deslizándose por ellas. Casi sin darme cuenta, pasaron los minutos y yo seguía embobado ante aquel sonido, mientras mis compañeros permanecían como estatuas con los ojos cerrados y en perfecta meditación, pero yo no podía, quería seguir perdiendo mi vista en aquel baile de dedos y cuerdas.

Lo poco que quedaba del día siguió y me sirvió para coger contacto con las técnicas de meditación, el yoga, los mantras y sonido de aquel instrumento, en absoluto silencio. No fue hasta la noche, antes de acostarme cuando comenzó mi mente a trabajar, lo hizo en forma de pensamientos e imágenes que desfilaban por delante de mí a toda  velocidad, todos provenían, de este último año, quizás el más intenso y emotivo de toda mi vida. Los primeros que aparecieron lastimaban, incluso acababan en una reacción física en mi cuerpo en forma de movimiento rápido de ojos, que permanecían abiertos como platos en mitad de la noche de la habitación y algún que otro músculo que se tensaba de repente, pero estaba tan cansado, que al poco me quedé dormido con el sonido de la Dilruba invadiendo el interior de mi cabeza.

La tormenta

Al día siguiente nos despertaron a las cuatro de la madrugada, Fernando cantaba una canción brasileña, mientras tocaba un tambor indio para que fuésemos abriendo nuestros ojos poco a poco, así se desplazó por todo el campamento y todos nos fuimos levantando poco a poco. Al llegar a la sala de meditación ya estaban todos en posición de yoga, yo cogí una vez más mi sitio y comenzamos a cantar los mantras y el Aarti, para después comenzar con la meditación. Pasamos todo el día meditando, en sesiones cada vez más duras de un ahora y que se interrumpían con descansos de media hora, en los que aprovechábamos para refrescarnos con agua con jengibre o dar algún paseo para estirar los músculos. El sol una vez más, se puso en lo más alto y nuestros paseos se hicieron debajo de un cielo azul transparente. En uno de estos momentos pensé en dejar aquel lugar y pirarme, era agotador aquel retiro, tanto físico como psicológico, sobre todo por esto último, ya que un sinfín de emociones recorría mi cuerpo y yo estaba indefenso ante ellas. Sinceramente, no le encontraba sentido nada de lo que allí estaba sintiendo.

Casi al final de la tarde llego el gran momento, por lo menos, el que me hizo reflexionar y hacerme replantearme toda mi vida anterior. Ocurrió cuando estábamos en la sala de meditación y Fernando nos dijo que lo siguiésemos, mientras él iba aporreando aquel tambor y cantando esa canción brasileña que utilizaba para despertarnos. Salimos detrás de él como si fuese el mayor de los El Mesías que pisase nunca la faz de la tierra y comenzamos a andar por el extenso campo, casi todos íbamos descalzos, sentíamos así el poder de la madre tierra en forma de hierba húmeda en la planta de nuestros pies. Nos llevó al final de la finca y allí nos pidió que nos sentásemos en círculo, así hicimos todos y el comenzó a hablar de la poca diferencia que hay entre la vida y la muerte y lo importante que es vivir el momento. Mientras todos estábamos con los ojos abiertos mirando para él sin pestañear, unas nubes llenas de tormenta comenzaron a colocarse encima nuestra, el color del día también cambió y aquella luz brillante del sol que nos había acompañado todo el día, se transformó en más tenue, dejando de tener tanta fuerza y la tormenta apareció en forma de truenos, que hacían presagiar una tarde noche de relámpagos. Fue en ese instante, cuando Fernando levantó su mirada para observar a aquellas apocalípticas nubes y dijo la frase que taladró mi cerebro sin compasión: “Que suerte que viene la tormenta y estamos despiertos para verla pasar”.

Fue al momento y al mismo tiempo, cuando todos giramos nuestras miradas al cielo y a pesar de que los truenos no paraban de sonar encima de nuestras cabezas, ninguno sintió ni el más mínimo miedo y casi puedo asegurar, que la mayor parte de nosotros estábamos deseando que comenzase a llover a raudales sobre nuestros cuerpos y nos refrescasen un ejército de gotas, en aquella tarde de calor insoportable, pero por alguna razón, la tormenta pasó en segundos y las nubes se deshicieron.

Después de esto, nos fuimos a la sala a hacer otra pequeña meditación y Fernando nos dio una pequeña, pero interesante charla en la que nos explicó, que a todo en esta vida, hay que darle espacio, al dolor hay que darle espacio, para que llegue el placer, que al día hay que darle espacio para que llegue la noche y así con todo. Con estos sinónimos, nos estaba diciendo, que en esta vida tenemos que soltar, o al menos, aprender a hacerlo, soltar a todas las cosas, a todas las personas. Aquellas palabras eran un complemento perfecto a la gran frase que nos había regalado momentos antes. Fue entonces, cuando comencé a asimilar muchas cosas que llevaban en mi cabeza pululando durante muchos meses y me sentí bien después de mucho tiempo.

Iluminación

Al terminarla nos fuimos a cenar, después de esto, tendríamos dos horas libres para pensar y pasear, en silencio, claro está. En este tiempo, yo me dirigí por un camino que se abría entre un bosque frondoso y que iba a dar a un río que estaba cerca de nuestro retiro. Por el camino, el sonido del agua me fue acompañando y también hizo de guía hasta que llegué al lugar que buscaba, aunque tengo que decir, que durante el camino, llevaba sobre mí una extraña sensación, que era una especie de nerviosismo y excitación. En mi mente no paraba de crearse la palabra espacio y justo al momento, aparecía la frase de Fernando que nos había dicho sobre la tormenta. Noté que mis piernas comenzaron a temblar nada más llegar a aquel río, el agua estaba cristalina y su sonido por arte de magia, comenzó a hacerse más fuerte, hasta casi hacerme daño en mis oídos y me di cuenta, que estaba a punto de sufrir un ataque de ansiedad después de muchos meses sin padecer uno. Mis sentidos se agudizaron, y hasta la luz del sol que llegaba entre el espacio que dejaban las ramas de los árboles, me cegaba, también sentía dolor al pisar las piedras que estaban esparcidas por el suelo, todo estaba exagerado por la sensibilidad de mis sentidos que se habían agudizado.

De repente se hizo un silencio y me sentí como en medio de la nada, ausencia total del todo, de todo aquello que estaba experimentando con tanta fuerza unos segundos antes. Al poco comenzó a llegar a mis oídos el sonido del riachuelo de nuevo y aquello se convirtió en música y casi sin darme cuenta, un río de lágrimas comenzó a brotar como una fuente de mis ojos y  comencé a llorar como un niño. Las lágrimas aparecían cada vez más grandes, más duras, más saladas y los suspiros, que salían de lo más hondo de mi alma, les hicieron compañía, era otro baile más, unísono, entre el brotar de las lágrimas y el aire que salía de mi interior. A medida que pasaba el tiempo, todo iba en aumento, mi cabeza comenzó a experimentar un dolor inmenso, que era causado por el llorar, que cada vez era más fuerte, tanto, que me puse de rodillas sobre la tierra al no aguantar el cansancio que estaba soportando. Las siguientes en actuar fueron mis manos temblorosas, que apoyé contra el suelo y ahí los lloros y los suspiros aumentaron aún más, las lágrimas caían cada vez más fuertes, en más cantidad e iban formando un pequeño charco en la tierra seca y que cada vez se humedecía más. El sonido del cantar de los pájaros, fue tapado por mis sollozos. Comprendí que estaba limpiando todo lo que llevaba adentro en este último año tan especial para mí, comprendí que la frase de la tormenta de la que habló Fernando y sus charlas sobre el espacio, se habían metido dentro de mí, para expulsar todo esto que llevaba tanto tiempo revuelto en mi interior, comprendí que estaba pasando mi propia tormenta y que verla pasar sería el proceso para entrar en otra etapa nueva y más brillante, que aquel momento era en el que yo estaba dando espacio a muchas cosas que estaban a punto de llegar o que llevaban esperando desde hacía tiempo a que yo me vaciase por dentro de todas las cosas viejas que arrastraba.

Supe en aquel genial instante, las respuestas a todas las preguntas que me venía haciendo desde hacía meses. Fue una iluminación, una catarsis emocional como no había tenido jamás y que debía de haber hecho desde hacía tiempo, pero que no pude, porque aún no entendía nada. Comprendí muchas cosas que habían pasado en mi vida en esta última etapa, comprendí porque mi relación con Ana de diez años se fue muriendo casi sin nosotros darnos cuenta al haber escogido caminos diferentes, comprendí como me había cambiado mi estancia en Londres y como me había fortalecido el haber trabajado en aquel infierno llamado Gatwick, también comprendí porqué Daniela se había marchado corriendo en el mejor momento de nuestra relación y porqué apenas me había dado una explicación, aunque ahora también sabía que ya no la necesitaba, por la simple razón, de que le estaba dando espacio a este rencor que llevaba dentro para dar paso a la complacencia y que esta me traería a alguien con mejores sentimientos y que ya tenía figura y nombre, también comprendí el papel de todas las chicas que habían pasado por mi vida, todo lo que aprendí con ellas, todo ese aprendizaje que fue derivando en la persona emocional que soy hoy y porque todas estas historias no habían funcionado e ido al traste, comprendí porque las mujeres más grandes de mi vida hasta la fecha me tenían bloqueado, comprendí porque todo esto me llevó a ser escritor y porqué esta sensibilidad tan grande me invade desde hace unos años sin apenas buscarla, comprendí lo que se siente al salir aquellas lágrimas que derramó mi amiga del alma Cristina, en la presentación del nuevo espacio del Hotel Mi norte, aquel fin de semana espacial en que no pudimos ver el rayo verde …y gracias a Dios, con todo lo que estaba pasando, yo permanecía despierto para vivirlo, sentirlo y comprenderlo todo.

Luego los pensamientos cambiaron y se tornaron un poco más duros, sobre todo el de aquel sueño extraño real y agobiante que tuve en el mismo instante en que mi primera musa y queridísima amiga Noelia falleció en su piso de Tui, comprendí al fin el significado de aquello también después de tanto tiempo.

Ella

El calor de mi cuerpo subió, tanto, que me descalce para meter mis pies en el agua brillante que seguía con su sintonía al hacer su recorrido. Entré para refrescarme y fueron cubiertos mis tobillos, aquellas caricias del agua al pasar de largo, me hicieron un pequeño masaje, que bajó mi ansiedad. Mis manos ya no tiritaban y todos los pensamientos que entraban en mi cabeza, yo los observaba y pasaban de largo. Aparecían, se quedaban unos segundos y desaparecían, que era como nuestro maestro nos había dicho que había que actuar ante ellos, solo observar, pero no engancharse a ninguno de ellos, a ninguna emoción que se formase, que durante este tiempo eran muchas y se peleaban entren ellas dentro de mí.  Cuanto toda esta tensión bajó me salí del agua y volví al campamento, fui descalzo para sentir la tierra madre sobre la planta de mis pies, pero pasó algo nuevo otra vez, el sonido bonito de un pájaro me trajo el recuerdo de alguien al que había conocido en La Patagonia, en mi último viaje a Chile, la figura y la presencia de aquella chica creció a cuotas estratosféricas, de hecho no me la podía haber sacado de la cabeza desde entonces, ya que cada vez, nuestra relación, aunque era a distancia, iba creciendo día tras día. La presencia de Caren, pasó a la cabeza e invadió todo mi corazón en aquel instante, a la sombra de aquellos árboles, en aquel camino de tierra minúsculo y supe a ciencia cierta, que había cerrado mi capitulo anterior y ella era la chica de esta nueva y brillante etapa que estaba creándose ante mí, sabía el porqué de su aparición, porque el vivir de su presencia era distinta al resto de todas las anteriores, porque venía con otra tranquilidad, con otra calma, con otras expectativas, con otras emociones más pausadas, pero igual de emocionantes y bonitas. Estaba contento y agradecido de que ella hubiese entrado en mi vida y me dejase entrar en la suya.

Ella sería la protagonista de esta nueva y espero definitiva historia de amor, sin esperarlo, había aparecido en el momento justo y se había quedado, aunque fuese a miles de kilómetros de distancia.

Cuando todas estas nuevas sensaciones bajaron de nivel, seguí mi camino por el estrecho camino ya con las lágrimas secas en mis mejillas. Al llegar al descampado donde ya nadie estaba, porque la meditación ya había comenzado, miré al cielo y pude observar que todas las nubes que presagiaban una inmensa tormenta se habían esfumado, el cielo estaba completamente azul  y aunque el sol ya se estaba poniendo, su luz aún brillaba fuerte. Saqué una sonrisa, unas sensaciones increíbles inundaban mi alma y descalzo, llevando los tenis en mi mano, me dirigí a la sala de meditación con paso tranquilo. Al entrar, el resto del grupo ya estaba sentado en posición de yoga y yo me fui a coger otra vez más mi lugar. Fernando estaba comenzando a acariciar las cuerdas de su Dilruba para afinarlas, entonces cerré los ojos como habían hecho todos los demás y me dispuse por primera vez a disfrutar del sonido de aquel instrumento de otra manera. La melodía comenzó a florecer y los restos de los recuerdos que tuve en el río y que aún resistían a salir, se manifestaban en forma de imágenes que duraban milésimas de segundo, les di espacio y entonces pasaban de largo y desaparecían. Al tiempo que esto ocurría, recé una oración de gratitud por todos estos amores que habían pasado por mi vida, les di las gracias a todas estas chicas por todo lo que había disfrutado y aprendido con ellas. Luego aparecieron otros nuevos pensamientos, como la inminente publicación de mi primera novela Las Princesas de El Dorado, los recuerdos de mis amigos y amigas con los que había vivido esta etapa pasada tan especial, el recuerdo de mi viaje a Chile en el que algo había cambiado y sobre todo, la imagen de Caren y todo lo que nos quedaba por hacer y vivir juntos en los próximos meses, cuando todo estuviese preparado para que se diese nuestro tan deseado reencuentro.

Nuevos tiempos

Comprendí que mi estancia en aquel retiro ya no tenía más sentido, pero decidí quedarme al día siguiente, el grupo que permanecía en silencio rodeándome, me daban muy buenas vibraciones y hasta me caían simpáticos, a pesar de no poder hablarnos ni mirarnos, tanta fuerza, tanta buena emoción no se podía despachar de aquella forma.

Esta última noche no dormí casi nada, me pase todo el tiempo WhatsAppeando con Caren en conversaciones cada vez más profundas y bonitas, ella era el único enlace que tenía con el exterior para no perder la cordura. A las cuatro de la madrugada, Fernando nos volvió a despertar con aquella preciosa canción brasileña, mientras el sonido del tambor sonaba mejor que el día anterior. La jornada comenzó de nuevo y yo noté que me había despertado con una  sensación maravillosa, era una mezcla de tranquilidad y gratitud y no era para menos, cuando uno obtiene todas las respuestas de unas preguntas que lo han estado acosando durante años. Fue en la última meditación, cuando al fin lo comprendí todo, allí, en medio de toda aquella gente. Inepto de mí, que creía que estaban todos locos menos yo, cuando yo no había ni siquiera encontrado la primera de las respuestas, que supe, nadie portaba, nadie me traería, estas respuestas estaban dentro de mí, esperando desde el mismo momento en que se formó la primera pregunta, pero que por miedo o ignorancia nunca supe ver.

La tormenta, es una palabra dura, con cierta connotación de temor, a nadie le gusta pasar una o eso es lo que nos inculcan desde siempre, pero lejos de todas estas creencias y que he experimentado en carnes, puedo decir que la tormenta es el momento más bonito y dulce de un proceso, aunque nos parezca estúpido este razonamiento. Al verla pasar, veremos los estragos que ha dejado tras de sí, luego vendrá el tiempo de la reconstrucción de una nueva oportunidad que vas a tener que vivir y en la que tú eres dueño y señor. Nunca serás más libre de escoger tu camino, aunque llueva por encima de ti un millón de veces…

 

Para Fernando por guiarme y a mis compañeros/as de retiro.

Para Caren, por permanecer juntos en la distancia viendo pasar la tormenta.

Fin.

Jordi Cicely

Canción para escuchar en bucle: A Hard Rain’s A-Gonna Fall – Patti Smith

Un comentario sobre “La tormenta que vemos pasar

  1. Me alegro encontrases la paz y tranquilidad que te da una persona sin pedir nada, sólo estar juntos. Tanto buscar como yo, al final estaba en Sudamérica. Felicidades.

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