serendipia o aquella chica dulce

Todo comienza con un viaje en Semana Santa que no ibas a hacer, a una ciudad cualquiera de Europa. En un par de días lo tienes todo preparado y con una ilusión desbordante. Todo se fraguó a última hora y casi sin planear, que son cuando mejor salen las cosas.
Y entonces llegas a esa ciudad que ya tan bien conoces, pero que no te cansas de visitar una y otra vez, mirando todo de nuevo, como si fuese la primera vez, asombrándote en cada esquina, en cada callejuela que te sabes de memoria, pero que intentas engañar al alma, como si todo fuese la primera vez. El resto va sobre ruedas, con el corazón latiendo a cada rincón arquitectónico que descubres nuevo, aunque esto en el fondo sea mentira.

Pero el tiempo no es el mejor y la lluvia, que viene amenazando desde que llegasteis, hace acto de presencia con una violencia asombrosa. Millones de gotas y de litros de agua, caen del cielo como si los estuviesen tirando con un balde. Es cuando te das cuenta, que la cosa va para largo y que esperar debajo de un toldo a que pare, es una utopía difícil de conseguir. Sientes la humedad en tus pies, lo sabes, cuando los dedos comienzan a mojarse, después de que el calcetín ya no aguante más la humedad que golpea desde fuera. En cuestión de minutos tienes los pies encharcados y entonces decides, porque es casi la hora, de entrar en el primer restaurante de comida casera que encuentras y coger mesa para comer.

El lugar está lleno a rebosar, de lugareños que hacen un estruendo enorme al comer y todo aquel espacio, está más cerca de parecer una feria que un restaurante, aunque eso poco importa, porque entre la humedad de los pies y el hambre del estómago, lo que menos te interesa, es el jolgorio ambiental del que todos son parte. El camarero os acompaña hasta la mesa, la única que está vacía en medio del comedor, mesa para dos y estrecha, ¿qué más se puede pedir?

Mientras pasa el tiempo, se mira a todos lados, los dedos buscando las migas de pan en el bollito que está encima de la mesa, es como un reloj que marca el tiempo que resta para que traigan el primer plato. Y es entonces cuando sucede, cuando apenas tres metros de ti, en una mesa enfrente, se fragua la magia, en forma de mujer. Allí está ella, una figura femenina resplandeciente de entre todas las demás figuras, que se vuelven inertes a su alrededor. Tus ojos se clavan de tal forma, que no puedes girar la cabeza a otro lado, todo alrededor se vuelve en silencio, desaparece de tu campo de visión, tus sentidos llaman a la concentración absoluta en aquel ridículo punto en medio del universo.

Es realmente preciosa, su piel blanquecina suaviza sus facciones, que parecen esconder una nacionalidad difícil de averiguar. Sus ojos grandes y azulados, su melena rubia recogida en un trabajado moño, forman una bandera que puedes ver a lo lejos de entre mil banderas más. Y no te queda otra, que seguir con el recorrido visual.

Su forma tan afrancesada de vestir, camisa de rallas de botones, abrochado hasta el último, dejando a medio respirar su cuello, que se ciñe esbelto como el de un cisne. Su mirada dulce y a la vez perdida en cualquier punto de la mesa, hace presagiar una personalidad frágil, dulce, pero con carácter. Perfectamente sentada, de una forma que nadie más lo está en el salón, solamente aquella posición le queda bien a ella, es imposible de imitar y si lo haces, caes en la tentación de hacer el ridículo. Ella observa no sé qué sobre la mesa, quizás si todo está colocado de forma correcta para comenzar a comer. Y durante un segundo, su mirada cambia y se fija en ti, te mira y con una mueca de arrogancia, gira la vista a cualquier otro punto. Sabe que estás mirando para ella, que no has perdido detalle desde que la has visto, que tu mente ha guardado cada uno de sus gestos, que comprendes desde el principio, cada una de sus muecas. Y comienza a comer, y su forma de coger los cubiertos da a entender que es una mujer de las altas esferas, elegante, seductora, complaciente con cada gesto que le da al cuchillo y el tenedor antes de meterlo en la boca y su forma de masticar, con exquisita educación, reaviva la idea de su elegancia sublime. Sin quererlo, forma un baile con sus gestos al comer, baila con los cubiertos como si estuviese en un palacio de cristal y al que hay que asistir con las mejores galas y aunque nadie alrededor se fije en esta ceremonia, ella brilla por encima de todos y todas.

Allí sola, en una mesa para dos, pero con una silla vacía, no le importa, no se siente incómoda, porqué en el fondo sabe que ella lo llena todo. Se siente segura en la soledad, comiendo, mirando para todos lados. Su actitud feminista sentada en aquel preciso lugar, nos crea un montón de imágenes en cuanto a su misteriosa forma de vida ¿Realmente quién es? ¿Qué hace allí tan sola? …Y no puedes parar de observarla, no te importa que ella mire, como ha vuelto a hacer otra vez más, y te pille sin pestañear, qué más da, ella es tan grande que no le importa que los demás la observemos sin parar. A cada minuto que pasa, todo es más elegante, su forma de vestir puede verse mejor ahora, al cambiar su cruce piernas. Esa estética tan parisina, tan londinense, tan lisboeta, tan de la costa azul incluso, dispara la imaginación de su nacionalidad, quizás francesa, argentina, portuguesa…para mí será la parisina, aunque quien sabe de donde es y realmente eso que importa, si tan siquiera se su nombre, ni si está casada, tiene pareja, o es lesbiana. No sabes nada de ella y tu imaginación lo disipara todo, porque todo vale.

Su mirada esta clavada en su teléfono, whatsappeando, quizás con su marido, con su novio, con su amigo con derecho a roce, y entonces, piensas en sus conversaciones: “Hola cariño, ya estoy comiendo”, “Estoy desando verte a la noche, te echo tanto de menos”, “¿Vamos a cenar?” “¿Cómo están los niños?” “¿Te ha ido bien en el trabajo?” Pero también pueden ser más directos “¿Hoy tengo ganas de hacerte el amor” “¿Hoy no te me escapas?” “¿Qué tal ducharnos juntos?” Y estos últimos, cobran fuerza, porque entre whatsapeo, se le escapa una sonrisa picaresca, que guarda en mente quizás un pensamiento caliente. Pero hay otra posibilidad, muy remota, que este engañando a su marido, a su novio, con un nuevo ligue, con alguien afortunado por tenerla, aún siendo el segundo plato, quizás entre esa sonrisa picaresca, escriba frases como: “Este fin de semana podemos vernos, él no está en la ciudad” o “Cariño, este sábado no voy a estar, que voy con unas amigas…” quizás sea eso, pero lo dudo, tanta dulzura no puede esconder una debilidad tan recubierta de mentira.

Y vuelve a mirarte y parece incluso que dibuja una pequeña sonrisa, creyendo que tú te estas obsesionado con ella, que ni siquiera la conoces, porque no has tenido ni el valor de ir a sentarte enfrente de ella, cuando tienes una silla libre, pero sabes que no lo harás, que no tendrás ese valor, que lo pensarás, sí, pero no moverás tu culo de la silla, porque las piernas te tiemblan sólo de pensarlo. Aunque en tu imaginación irías allí y la invitarías a bailar y así, por arte de magia, comenzaría a sonar no se sabe de dónde, Baby, You´re My Light de Richard Hawley y sólo los dos, en medio de aquel ajedrez de mesas de comedor, descifrando el baile, que primero fue con los cubiertos y su forma de comer, lo es ahora contigo.

Luego llega el momento del café, en el que las facciones de su cara se agudizan aún más, para tomar los sorbos pequeñitos y no quemarse el paladar. Sus gestos siguen siendo dulces y su mirada cristalina y elegante, a pesar de parecer que no mira para ningún lado y para todos a la vez.

Baila con la cucharilla al remover el azúcar, con la misma elegancia que lo hacía con los cubiertos de la comida hacia un momento. Y una vez más te quedas boquiabierto mirándola, sin importarte que ella sepa que la observas descaradamente.

Te ha asombrado, en esa etapa de tu vida en que el que estas tan de vuelta de todo y tan quemado, que creías que nadie volvería a hacerlo otra vez, pero ocurrió, la magia volvió a aparecer, lo hizo. Que después de mucho tiempo, alces tu mirada a alguien que no habías visto antes jamás, para crearte un motón de imágenes ilusionantes y algo estúpidas de esa figura que tienes enfrente, no es amor, primero es asombro, luego seducción y quizás si después, el mayor sentimiento de todos. Te ha engatusado, en el momento que creías que ya nadie tenía esa fuerza y te sientes enormemente feliz por vivir esto una vez más en tu vida. Ella se levanta, se marcha, se acomoda bien de pie mientas se coloca un abrigo muy francés y vuelve a mirarte y quizás, sea el momento que más ha clavado tus ojos en ti, en una situación un poco sonrojarte, porque lo está haciendo de forma directa, sin perder detalle de como la miras. Cierra un poco sus ojos y esta vez, si es real, saca una sonrisa que te dedica y tú, que no puedes hacer otra cosa que corresponderla de la misma manera. Se gira y va dirección al mostrador para pagar la comida, el dueño no tarda nada en darle las vueltas y cuando se las está guardando el bolso, por última vez mira y gira observándote por el rabillo del ojo y así desaparece en la calle, sobre la que ya no llueve.

Aquello fue una serendipia, un hallazgo afortunado e inesperado. Entras en un lugar buscado cobijo y poder almorzar y te encuentras una chica dulce que estaba comiendo sola y que te sorprende como nadie lo había hecho desde hacía tiempo. Bendita la lluvia, aunque empape tus pies, bendita su mirada, aunque jamás vuelvas a verla. La vida, que es un suspiro.

Jordi Cicely

Canción para escuchar en bucle: Baby You´re My Light – Richard Hawley

 

 

3 comentarios sobre “serendipia o aquella chica dulce

  1. Y sin saber por qué. …hay luz al final del túnel …….
    Me encanta como describes cada detalle, nos transportas al lugar del relato.
    Sutileza máxima crack, una vez más! !!!!!!!!!!

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