Lo que dice la luna

Os dejo el segundo relato que escribí en mi vida, hace unos 16 años mas o menos, casi no me acordaba de él, pero recuerdo que estaba muy influenciado por Hans Christian Andersen, no paraba de leer sus cuentos. Con el tiempo, mi forma de escribir ha cambiado, aunque lo he retocado un poco estos días, he dejado su esencia y su forma.

 

-Hoy he visto a dos amantes separarse- dijo triste la luna- he visto como se decían adiós por última vez y de qué forma les dolía el corazón, al no poder seguir su bonita historia de amor. Intentaron despedirse antes de olvidarse para siempre, pero ambos no pudieron moverse de donde estaban, ni hicieron movimiento alguno para intentar acercarse el uno al otro. Sus corazones estaban tan tristes que apenas latían lo suficiente para poder respirar.

Él era un soñador, que se pasaba horas y horas mirando por la ventana cualquier cosa que le hiciese pensar en ideas vagas, quería ser escritor, y anhelaba poder quedarse para siempre encerrado en el niño que fue hace tiempo. No tenía más pretensión en la vida, que leer todos los libros que estaban amontonados en la estantería de su habitación.

Ella era una buena chica también, no voy a decir lo contrario, pero era totalmente diferente al escritor, no entendía el poder de las palabras, ni sabía escuchar hablar a los animales, ni sabía leer los mapas que las estrellas brindaban en el firmamento.

Aunque se querían con locura, tanto que serían capaces de matarse, pertenecían a dos mundos distintos, que no tenían nada que ver.

Nuestro escritor, escribía relatos surrealistas llenos de melancolía que provenían de su mundo en el que casi nadie podía entrar, mundo cerrado con llave y puerta grande de madera de abeto de roble americano. Cuando paseaba por los caminos de su pueblo, con su mejor amigo, su perro, solía pararse en los campos a hablar con las flores, a conversar con ellas de cómo fue el día, y que tiempo traería la inestable primavera.

Ella deseaba una vida como tiene la mayor parte de la gente, gobernada por la rutina, el conformismo y la decadencia. A pesar de todo, quería un montón al escritor, pero no cesaba en su empeño de convertirlo en algo parecida a ella, ¡pobre escritor!, él no quería ser como era. Y no deseaba cambiar nada de su cabeza, ni de su vida, sólo deseaba leer todos los libros que estaban amontonados en la estantería de su habitación.

-No podemos seguir más así. Quiero irme de tu lado- le dijo el escritor, y ella dibujo en su cara un rostro duro y triste, que rompió aún más el corazón del escritor.

– No llores más mi niña, será mejor así, nuestros mundos son distintos, no se parecen en nada-le dijo. Ella que seguía con aquel rostro duro, entendió lo que le escritor le dijo

-Sí, será mejor, pero no quiero dejarte, aun así, es mejor hacerlo más adelante, cuando ya no pueda dejarte y me conforme con lo que eres- al escritor le dio mucha pena aquellas palabras, porque sabía que serían las ultimas. Miró a la luna, como hacia siempre que esperaba ayuda, suspiro y volvió mirar a su amante. Pero en el fondo era feliz, porque volvería a ser libre de nuevo, a poder soñar sin que nadie se lo prohibiese, a volver volar sin que a nadie le asustase.

– Ahora iré volando a mi mundo nada más dejarte. Le dijo a ella.

Y ella saco una sonrisa, ¡pobres escritor! Pensaba ella, no hay forma de domarlo.

Tienes que ser un hombre serio, tienes que ser un hombre serio-le repetía constantemente al escritor. A lo que él respondía – yo sólo quiero leer todos los libros que tengo en mi habitación- nada se podía hacer, nada lo podía cambiar.

-Tienes que encontrar un trabajo formal, y ser un hombre serio, si quieres seguir con mi amor- el escritor callaba y sonreía, no decía nada, el silencio era una de sus grandes amantes.

Una noche, la mujer encontró al escritor asomado al balcón de casa mirando a la luna- ¿Porque miras al cielo, porque pierdes así el tiempo? -le preguntó ella

-Miró lo que ansío ser- le contestó él – ¿lo que ansias ser?, ¿quieres ser la luna? -le preguntó. –Quiero ser parte de ella- le contestó con rostro serio.

Una mueca triste se dibujó en la cara de la mujer, que comprendió que su amante estaba más ceca de la luna que de ella. Eso la irritó, quiso odiarlo, pero no pudo, sentía un gran amor por el escritor, y sólo la idea de perderle la horrorizaba, sería capaz de amarlo, aunque pasase toda la noche en la ventana mirando para la luna.

-Tienes que ser una persona seria y tener un trabajo formal-no hacía más que repetirle una y otra vez- pero el escritor ya no escuchaba las palabras de su amante, se perdían entre los oídos y nunca llegaban a su corazón. Además, esas palabras que antes lo enfadaban tanto, ahora ya no le hacían ningún daño.

-¿Qué quieres ser?-le pregunto a ella. ¿Qué quieres poseer? -le volvió a preguntar.

-Quiero tener un hogar en el que estés tu y yo, quiero tener una vida normal, como tiene todo el mundo-le dijo

-¿En esa vida estará la luna, y las flores del campo, estarán mis libros?-le pregunto sin quitar la mirada de la luna.

-No, en esa vida solamente estaremos tú y yo-le contestó con tono fuerte ella.

-Luego, esa vida no es para mí, no quiero ser ya mas parte de tu vida-le dijo

Ella se quedó con el rostro helado, no quería comprender que su amante la estaba rechazando, no quería experimentar la sensación de perderlo, esa sensación que tanto tiempo evitó padecer. Lo amaría con todo su mundo, con la luna, con las flores, con sus libros, pero perderlo la mataba.

-A pesar de ser tan diferentes, te quiero, te amo, incluso daría mi vida por ti, creo que ha sido todo este tiempo que hemos pasado juntos, todos eses recuerdos, nuestros labios al juntarse, las historias que nos hemos contado al oído, tantas veces en el sofá viejo de tu casa, a pesar de todo lo que nos separa, yo te amo-le dijo el escritor.

-Entonces será mejor que nos separemos ahora, que aún hay algo que nos une, antes de que sea demasiado tarde y ya no pueda hacerlo, y te acepté tal y como eres. Me duele, pero es el momento de hacerlo-le asintió ella, que no podía ya seguir soportando la mentira que pesaba como una losa.

Él la cogió por el brazo y le pidió un último beso, ella se negó, no quiso mirarlo a la cara para que no la viese llorar, aunque sabido es, que el escritor, nunca se reiría de las lágrimas de una persona a la que quiso tanto.

Ella se fue, y yo la luna, le di cobijo y abrigo el resto de los días, iluminando con mi luz a través del hueco de las ventanas, por donde podía verla llorar, apoyada en el sofá de la habitación.

Mientras, el escritor salía todas las noches al balcón de su casa y desde el me brindaba siempre un baile, a veces cánticos que eran celestiales para mis oídos, festejaba la sensación de sentirse libre, festejaba que la luna estuviese en el cielo iluminándolo con sus rayos blancos, y más que, festejaba que me tendría en el cielo para siempre.

Fin.

Jordy Cicely

Canción para escuchar en bucle: Blue Moon Revisited – Cowboy Junkies

 

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